domingo, 20 de abril de 2008


Humor gráfico venezolano en tiempos de revolución


ALBINSON LINARES



Desde los albores de la prensa libre y sus inicios en el siglo XIX venezolano, las "imprentas de camino" fueron el crisol en el que se forjó la propaganda subversiva y un fino humor gráfico que destilaba ironía y gracia, hecho que descomponía el ánimo de los regímenes de turno.

Las vinculaciones entre el discurso político y la caricatura en el país son notables y arraigadas. Desde los Pitorreos (1918) que reunían el ingenio de Francisco Pimentel ( Job Pim), Leoncio Martínez (Leo) y José Rafael Pocaterra; seguido de Fantoches (1923) y El Mo rrocoy Azul (1941), en los que participaron plumas brillantes y lúdicas como las de Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco, Aquiles y Aníbal Nazoa; o el Dominguito (1958) de Gabriel Bracho Montiel; hasta El sádi co ilustrado (1978) y El Camaleón, son claros ejemplos del maridaje entre el humor y la conciencia social.

Investigador acucioso de este fenómeno y autor de la única Historia del Humor Gráfico en Venezuela, Ildemaro Torres señala con firmeza: "Nuestro humor ha sido esencialmente político. Esto prueba el hondo compromiso social y la conciencia política que son tradicionales en nuestros humoristas gráficos. Esto muchas veces los convirtió en perseguidos o presos".

El valor innegable y la poderosa influencia de estos cultores del humor en nuestras sociedades es resaltado por el estudioso, quien enumera las especiales dotes del oficio: "Percibir la realidad y procesarla con tanto acierto demuestra lo valiosos que son humanísticamente. A esa capacidad suman la expositiva, porque ellos procesan el discurso informativo junto con sus propias ideas y nos lo ofrecen a diario".

Zapatazo nuestro de cada día. Desde el 21 de enero de 1965, cada mañana, los lectores de El Nacional buscan la mirada irónica y la frase breve con que Pedro León Zapata editorializa al país. Sobre la imposibilidad de hacer humor desde el poder, el artista explica: "Humorismo y oposición son prácticamente la misma cosa.

No sólo oposición al Gobierno, sino absolutamente a todo. El que acepta apoyar algo a cambio de una recompensa, no es humorista por mucho que lo festejen sus beneficiarios".

Fue en el año 2000 cuando uno de sus dibujos mostraba un sable que decía de forma elocuente: "A mí la sociedad civil me gusta firme y a discreción".

La cólera del Presidente no se hizo esperar y le espetó en cadena nacional: "Aclárame esto, Zapata: ¿tú piensas así, o te pagan para que opines así?". Una semana después, el 29 de octubre, Ibsen Martínez escribía en la columna que tenía en este diario: "Zapata para mí siempre ha sido uno de los más severos intelectuales que la fortuna haya podido entregarnos como nación. En sus casi cuatro décadas de caricaturas resplandecen los atributos más cabales y respetables del intelectual probo: una independencia absoluta respecto del poder, una crítica permanente de las ideas manidas".

Apartando este hecho, el humorista indica sobre el dibujo: "Ésa fue la primera vez que en Venezuela se dijo públicamente que éste es un gobierno militar. Por eso causó tantas molestias y estupor. Ésa es la verdad, al Presidente no le gustó que se dijera eso en el periódico".

Doña Rayma de la Marca. Con un estilo único signado por la irreverencia, el genio y un olfato dotado para percibir las claves del diarismo, Rayma Suprani hace reír y llorar todos los días a los lectores de El Universal. Los efectos de los últimos 9 años de diatriba constante son su alimento cotidiano: "En estos años nos hemos acercado al absurdo, pero poco a poco. Tiene que ver con las contradicciones diarias del Gobierno. Es extraño porque, por lo general, los que trabajamos con el inverso y el absurdo somos nosotros. En este caso el discurso del Gobierno se ha vuelto contradictorio e incoherente".

Una explosiva serie de caricaturas en las que afamadas marcas de consumo estaban unidas a caros símbolos ideológicos, le ganó la admiración y el repudio de muchos. Sobre este trabajo explica: "Como humorista terminas siendo un paria, porque debes cuestionarlo todo. Por eso uso símbolos que todo el mundo entiende, como el martillo y la hoz.

Cuando los combinas con las marcas más caras y representativas del capitalismo, logras acercarte a las contradicciones del discurso político actual".

Los temores de Weil. Primero en las tardes y ahora cada mañana, los lectores venezolanos buscan en las páginas de Tal Cual las reflexiones de Roberto Weil. Sus personajes estereotipados y sencillos logran reflejar muchas de las situaciones cotidianas del venezolano: "Mi trabajo sí ha cambiado estos años. Ahora escribo menos texto, son más abreviadas y la línea del dibujo es mucho más simple. Últimamente no uso rostros ni personas, dejo que la gente asocie a los personajes directamente, aunque eso no me salva porque todos saben de quien se habla", explica.

Sobre los peligros que entraña la crítica directa y universal, que es un atributo de las buenas caricaturas, el artista manifiesta: "Yo no soy ningún valiente. Si puedo huir, huyo.

No quiero más problemas que los que me trae mi trabajo, criticar al Gobierno es buscar que te metan un tiro o un balazo".

Las fuentes de la inspiración le sobrevienen al caricaturista del vivir cotidiano. Ese contacto directo con la realidad alimenta la propuesta de cada trabajo que firma: "Recuerdo una que hice en la que un tipo le dice a su esposa que esto no va a ser como Cuba y luego aparece, años después, lamentándose junto con ella.

Las cosas se van poniendo peor, eso es una cosa que he vivido. Sinceramente, no creo que sea creativo, lo que pasa es que este gobierno me lo pone bombita".

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